22 de junio de 2009
De la Redacción
El Heraldo de Chihuahua
Chomachi, Bocoyna.-
Sin más razón que la de probar la carne, hace menos de 200 años los tarahumaras eran caníbales... hoy se ha descubierto, por fin, el lugar, el método y hasta su platillo favorito: las mujeres embarazadas.
En misas clandestinas celebradas en lo más recóndito de la Sierra Tarahumara, este grupo caníbal solía preparar su alimento en grandes cazos de barro que elaboraban para este fin, de esta manera, la comunidad de Chomachi, en el municipio de Bocoyna, surge a la luz como el hogar de los últimos tarahumaras caníbales registrados.
Historias que han ido pasando de generación en generación, sólo entre esta etnia, ratifican este hecho. Los pobladores cuentan cómo es que en una gran cueva situada en Chomachi hacían misas dirigidas por quien conocieron sólo como el padre Gasón. Los relatos no explican si en realidad esta persona era un padre, pero sí quien mataba a lugareños utilizando armas de guerra. En la bóveda de la cueva principal había un gran altar hecho de piedra, y ahí se oficiaban las misas con centenares de tarahumaras quienes al término de la celebración se comían a algunos de los mismos integrantes de su etnia.
Las víctimas, una vez muertas y cocidas, eran despedazadas frente a los demás miembros de esta etnia, y era el padre Gasón quien separaba la carne de los huesos y se la daba a comer a sus fieles. En una de las tres cuevas principales situadas a no más de 100 metros de las cabañas de Chomachi, hay pequeñas bóvedas en donde eran dejados los huesos de quienes eran devorados, y los propios tarahumaras se encargaban, con barro, de ocultar los restos. Al paso del tiempo, estas bóvedas secretas han sido abiertas por personas ajenas a la comunidad de Chomachi, con el objetivo de sacar sus huesos ya que se cree que estos restos humanos fueron enterrados con objetos de valor, como oro o plata.
En lo que un día fue el templo, hoy existe un gran hueco en el suelo donde se presume fueron sacados tesoros que consistían en cofres de oro que enterró el padre Gasón, y que eran protegidos por los huesos de los difuntos. El miedo de los pobladores locales a sacar estos huesos es mayúsculo, y aunque han ido desapareciendo sin razón aparente, no pueden ser tocados ante la creencia de que hay una maldición sobre ellos. Acerca del final de los días del padre Gasón, los tarahumaras "gentiles" cuentan que a esta persona le cayó un castigo del cielo y que su cuerpo se secó instantáneamente durante una misa. Por su parte, otro sector de la población rarámuri señala que el padre Gasón fue comido por sus mismos fieles, y que esto representó el inicio del fin de este grupo caníbal.
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