
Caminé por las calles en boga de la colonia Condesa y pensé de nuevo en sus orígenes, en aquello que está detrás de la moda, de los restoranes, de las tiendas. He vivido toda mi vida, medio siglo, habitando algún predio de los terrenos de la hacienda de Santa Catarina del Arenal que perteneció a la tercera Condesa de Miravalle. En ese mundo, todo empezó con la herencia de una mujer, María Magdalena Dávalos de Bracamontes y Orozco, dueña de la hacienda. Donde se construyeron edificios de oficinas, restoranes, bares y cantinas, un día hubo sauces en el camino que conducía a la casa virreinal desde donde se veían los magueyales y las casas de adobe de Tacubaya. Los límites de la hacienda fueron alguna vez los ríos de la Piedad y Tacubaya, el camino a Chapultepec y los potreros de la Romita, todo aquello se convirtió con el tiempo en un cauce de motores en ebullición, anchas avenidas de asfalto y ríos de gente rumbo al final de la noche.La hacienda pasó a manos de Vicente Escandón y Rafael Martínez de la Torre, dos eminencias decimonónicas cuyo trabajo más notable consistió en robar y apropiarse, a precios de risa, de terrenos en los que a principios del siglo XX fundaron la colonia Condesa. Nuestro origen son los negocios turbios, si caváramos encontraríamos en el fondo las pruebas del despojo inmobiliario de tres o cuatro familias del porfiriato. Martínez de la Torre le vendió a los Escandón su parte de la hacienda y éstos derruyeron la casa virreinal para levantar una casona estilo inglés de torretas y balcones con pilastras, terrazas, caballerizas, cancha de tenis (hoy la Embajada de Rusia). No lo sabían, pero los especuladores fundaban una ciudad que soñaron como París o Londres, aunque en realidad firmaban el contrato de arrendamiento con una sucursal del infierno.
Los Escandón vendieron pedazos de su paraíso en la Condesa para vivir en Europa. Nadie supo precisar el número de propiedades de aquella familia, los Escandón habían plantado la semilla de la desmesura que crecería adherida a la ciudad de México como una maldición. El desorden y la rapiña inmobiliaria empezaron el día en que Benito Juárez desamortizó los bienes de la Iglesia y los particulares compraron a bajos precios grandes extensiones de tierra que luego vendieron fraccionadas en montos estrafalarios. Grandes fortunas provienen de esas transacciones que fundaron los barrios del nuevo siglo que subía el telón para representar las últimas aspiraciones de un régimen corroído por el tiempo. Detrás de toda gran fortuna siempre hay un negocio que no soporta la luz pues ha nacido en la oscuridad. No deja de ser una ironía que la locura moderna de la ciudad de México se desprenda de la victoria política de Juárez, la derrota de los clérigos, la codicia incontrolada de unas cuantas familias y el sueño de París que visitaba la mente nocturna del dictador Porfirio Díaz.
La descendencia de los Escandón se deshizo de sus bienes como lo hacen todas las familias: vendiendo al mejor postor. El descanso y el lujo consumieron finalmente las rentas. Les recuerdo, por si fuera necesario, que el porvenir de todas las familias apunta a la desaparición; así ocurrió cuando la vejez y la muerte de los dueños de la Condesa le abrieron paso a los nuevos tiempos. El último sueño porfiriano perteneció a la velocidad y al juego, unos meses antes de que Díaz abandonara el poder, el Jockey Club inauguró un centro hípico, un hipódromo condal con tribunas y un eficiente sistema de apuestas. En esa pista se corrió el primer derby mexicano, el extraordinario premio ascendía a 15 mil pesos. El firme circuito se convirtió con el paso de los años en una calle oval llamada Amsterdam. Durante mucho tiempo esa calle fue para mí un emblema mexicano y un símbolo de mi vida: si uno camina y recorre toda la avenida, después de un tiempo llega exactamente al punto de partida. Bien visto, todos llegamos un día al punto de partida. El mismo círculo del destino le entregó a un urbanizador y un banquero, José G. De la Lama y Raúl Basurto, el plan de la colonia Hipódromo Condesa. El sueño urbano ofrecía casas estilo neocolonial y art-déco, servicios que prometían la instalación de agua corriente desde Xochimilco, pavimentos de asfalto, banquetas de cemento, guarnición en las aceras, candelabros para la instalación de luz eléctrica.
Había sonado la época del cemento, el concreto armado con el que Plutarco Elías Calles realizó la obra pública mexicana de los años veintes y de la cual desde luego él fue socio mayoritario. El hormigón que descubrió Francois Hennebique permitió además la construcción de edificios de varios niveles. Por primera vez las familias vivirían unas arriba de otras. Los urbanizadores amasaron enormes fortunas. Algunos de estos fantasmas atraviesan las calles de la Condesa, las sombras entran a un bar para ver el futuro del que ellos fueron la semilla.

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