Entre sus compañeros del grupo de la Asegurada se contaban también: Fernando Rivera Soto, Rosa María de las Casas, Estela Navarro, Beto Montoya, Aurora Lara Ruíz y René Rojero. Este grupo, especialmente por recomendación de Rosa María de las Casas, tomó la decisión de invitar al maestro Fernando Saavedra para que los guiara en el siguiente montaje, en sustitución de Bertha G. de Cano que cambió su residencia a la ciudad de México.
Fernando Saavedra aceptó la invitación y bajo su conducción montaron “Norogachi”, obra original de un chihuahuense radicado en California, Federico Seitfer. Esa sería la primera obra dirigida por el legendario maestro y director en Chihuahua y no “La danza que sueña la tortuga” como muchos creen, la cual en realidad fue la segunda.
Con la llegada de Saavedra, en Chihuahua se desata una dinámica imparable, historia reciente que es del dominio público pero que sin embargo requiere mayor investigación pero sobre todo mucho más valoración.
Conchita fue partícipe protagónica o en los repartos de muchas de las obras que se montaron en esos años, entre las que se cuentan: “No se reparten esquelas” y “las cinco advertencias de Satanás”, hasta que debió hacer un alto obligado en su vida al contraer matrimonio con quien ha sido su más fiel admirador y compañero de vida, Miguel Mendoza.
Conchita y “Maiko”, como le dice amorosamente ella a su esposo, se conocieron desde la infancia. He aquí otra fabulosa historia que ratifica el poder del destino. Se conocían desde pequeños porque nacieron de dos ramas de la misma familia ya que los abuelos de ambos eran hermanos. Siendo niños coincidieron en una boda familiar en donde el pequeño Miguel sintió la atracción de bailar con aquella primita, lo cual sin duda fue una señal premonitoria.
La familia de Miguel migró a la ciudad de México y los primos no volvieron a verse en muchos años hasta que Conchita, durante unas vacaciones viajó para allá junto con sus familiares. La visita a los parientes radicados en aquella ciudad era más que obligada, los jóvenes se reencontraron y a partir de ese momento forjaron una amistad entrañable.
Miguel relata que durante esos días del encuentro en la ciudad de México, llevó a Conchita al teatro, para él fue su primera vez ante la experiencia teatral como espectador y quedó impactado. Una vez que se despidieron comenzaron a escribirse, el ejercicio de comunicarse epistolarmente les permitió conocer las ideas y sentimientos del otro de manera profunda y auténtica, consolidando así la amistad y haciendo crecer los sentimientos entre ellos.
Unos meses más tarde, Miguel devolvió la visita. En Chihuahua la acompañó a los ensayos, presentaciones y a las reuniones del grupo, logrando crear fuertes lazos de amistad con Fernando Saavedra, así como con el resto de amistades de Conchita. A su regreso al centro del país ya iba comprometido. Su padre, don Miguel R. Mendoza pidió formalmente la mano de la novia por correo.
Se casaron por el civil en la Ciudad de México el 30 de diciembre de 1964, 3 días más tarde, el 2 de enero de 1965 se ofició el matrimonio religioso en esta ciudad, en el Templo de Nuestra Señora del Refugio. Por cierto que Miguel debió cumplir de manera expedita con todos los sacramentos que le faltaban para que el padre Porras accediera a proceder con el casamiento.
Miguel es un hombre ilustre e ilustrado que ha compartido cabalmente la carrera teatral de su esposa y no solo eso, sino que ha sido su principal soporte. Ambos admiten que si bien la familia de Conchita parecía tolerante a la extraña afición de la joven, no la aprobaban totalmente, mientras que en él, ella encontró un poderoso aliado.
A la vuelta de los años, el esposo admite haber llevado una relación matrimonial plácida y armónica, pues ambos, además de la afición al teatro y la responsabilidad de crear a los hijos, comparten el gusto por la lectura, y suelen intercambiar comentarios y conversar sobre los libros leídos. Conchita –dice Miguel- ha sido una excelente compañera de vida, muy buena madre, hija y hermana, hasta el sacrificio, además de extraordinaria administradora y espléndida cocinera.
Así, Conchita Pérez Chávez, pasó a ser Conchita de Mendoza, según la costumbre de llevar el apellido del esposo, que se convirtió también en su nombre artístico. Los recién casados se radicaron en la ciudad de México, tiempo que Conchita duró retirada del teatro y dio a luz a su primer hijo: Miguel.
La pareja tiene en total tres hijos, a Miguel le siguen Jorge y Mauricio, quienes le han sumado descendencia de varios nietos y nietas que hacen la delicia a sus abuelos.
Después de radicar dos años en México, los Mendoza Pérez regresaron a Chihuahua para quedarse definitivamente y Conchita retomó su camino por la senda del teatro.
Un hito importantísimo en su carrera fue, sin duda, la puesta en escena de “La Emperatriz. Desvarío de amor en tres tiempos”, obra del maestro José Fuentes Mares.
Conchita y miguel entablaron una sólida amistad con los Fuentes Mares, en el tiempo que el maestro colaboraba con el Banco Comermex, propiedad de la familia Vallina. Subyugado por la trágica historia de la consorte del emperador Maximiliano de Habsburgo, la emperatriz Carlota de Austria, se dice que Fuentes Mares durante un fin de semana en Majalca escribió la obra que cedió a la actriz para su estreno. Se trata de un dramático monólogo que describe el desvarío mental de la emperatriz refugiada en el Vaticano después del fusilamiento de Maximiliano.
Pero no solo eso, el montaje, producción y difusión corrió por cuenta de Comermex a través de su Departamento de Promoción Cultural. Fue una gran experiencia, según relata la misma Concha de Mendoza, bautizada así por el mismísimo Fuentes Mares, quien consideraba que el diminutivo le restaba fuerza al nombre
Concha de Mendoza como primera actriz recibió un sueldo por su trabajo en escena, el director y otros colaboradores, asimismo el banco se hizo cargo de la producción y todos los gastos relativos a la gira que se llevó a cabo por varias ciudades del estado y del norte.
Como dato curioso, hubo un preestreno, una función privada para el Sr. Vallina, en su casa, teniendo como espectadores a la familia y amistades cercanas. El estreno oficial ocurrió en la ciudad natal de la actriz, Cuauhtémoc, en el salón de los Caballeros de Colón.
La gira los llevó a Chihuahua, Delicias, Camargo, Parral, Ciudad Juárez, Torreón, Durango. Las presentaciones eran gratuitas para el público, generalmente clientes del banco y los encargados de la logística eran los gerentes de las sucursales, quienes se esmeraban por tratar a la actriz como una verdadera emperatriz ofreciéndole todo tipo de atenciones, desde lujosos ramos de flores y suntuosas cenas al finalizar las funciones.
Ni duda cabe que Comermex se tomó muy en serio la promoción cultural y particularmente favoreció el desarrollo del arte escénico, ya que cada año patrocinaba la muestra de teatro donde tantos y tan buenos actores, directores y dramaturgos que ya son leyenda en nuestro Estad hicieron sus debuts.
Concha de Mendoza ha trabajado con todas aquellas leyendas de nuestro teatro, fue dirigida por Fernando Saavedra, Enrique Hernández Soto, Mario Humberto Chávez, Jesús Ramírez, Oscar Erives, Manuel Talavera, Ernesto Medina, entre otros, y ha compartido escenario con una incontable cantidad de actores.
Sus colegas la definen como una actriz que proyecta una gran fuerza a sus personajes, fuerza emocional que contrasta con su frágil figura. Dice Vicky Mauleón que es como un vestido rojo que deslumbra llamado la atención donde quiera y relata la anécdota de cuando fueron a presentar “Vicente y María” en un pueblo donde se adelantó la celebración de una boda para que la gente pudiese ir después a ver la obra. Había una cena para los novios y cuando menos lo pensaron se les había perdido Conchita, a la cual hallaron en la cocina ayudando en la preparación del mole. Conchita quiere estar en todo, es incansable y en el escenario, agrega, es un verdadero portento, se mueve por instinto, casi sin necesidad de dirección.
Rocío Vences cuenta otra historia. Filmaban “Un día, un pueblo” en Madera, Conchita representaba a una madre doliente que lloraba inconsolable por la muerte de su hijo durante el recorrido del cortejo fúnebre hacia el panteón, llovía y hacia frío. La tristeza se había apoderado efectivamente del grupo de actores en esa escena que culminaba en el momento en que se arrojaban los palazos de tierra en la tumba, Concha de Mendoza en su papel realmente conmovía a los participantes y al instante de escuchar ¡Corte! se transformó súbitamente en una alegre niña que cantaba una canción infantil, obligando así a todos a salir del trance.
De 1960, año de su debut a la fecha, la primera actriz Concha de Mendoza ha estado siempre presente, perenne como los pinares de nuestra sierra, incansable como lo son las mujeres nacidas de las raíces bravías y tiernas a la vez de nuestra tierra, tan constante como el devenir de la vida y del teatro mismo en Chihuahua se lo ha permitido. Forma parte de esa pléyade de artistas del escenario de nuestro Estado, muy profesionales, que a pesar de los pesares nunca han tirado la toalla. Y aquí siguen, esperando que se abra el telón para salir a escena.