
Desde la aparición en 1963 de Poesía yoruba, un breve volumen, en realidad una legítima paradoja de la recién estrenada vida editorial cubana -al convertirse en la más codiciada joya del catálogo de las jóvenes y pequeñas prensas habaneras de El Puente-, el nombre de Rogelio Martínez Furé (Matanzas, 1937) entró por la puerta grande del reconocimiento de los círculos literarios más rigurosos, así como de un amplio público integrado por lectores que apenas acababan de traspasar las tinieblas del analfabetismo.Lo más importante de aquel episodio no era tan sólo la revelación de un mundo al que nos habíamos asomado gracias a la obra, conjunta o no, de Lydia Cabrera y Fernando Ortiz sino la certeza de un reconocimiento mutuo pues Martínez Furé comenzaba por el suyo, por sus orígenes, tantas veces ignorados y olvidados como nos enseñó el gran colombiano Jorge Zalamea quien, para entonces, había recibido el Premio Casa de las Américas 1965 con un libro fundamental de las letras hispanoamericanas, el maravilloso ensayo de tesis titulado La poesía ignorada y olvidada.
El planteamiento esencial de Zalamea podría resumirse en dos oraciones: una, que el subdesarrollo económico de las sociedades colonizadas y dependientes, como las nuestras, no alcanza ni engloba a las artes; dos, que la tradición oral, bien recogida, tributa insospechadas cualidades a la poesía culta, es decir, escrita.
En ese espíritu, y en el de los consabidos aportes suyos a lo que conocemos hoy como oraliteratura, Furé sentó las bases de un estilo y de una remodelación del oficio de traducir. Sobre estas bases, cinco años después, en 1968, publica otro volumen mucho más amplio y abarcador del fenómeno de la oralidad cubana de antecedente africano.
Era Poesía anónima africana que aparecería en el prestigioso catálogo de la editorial Arte y Literatura. Huelga afirmar que los valores de este volumen se ciernen sobre el hecho de que su autor recogió, anotó y tradujo piezas invaluables no sólo provenientes de una tradición oral integrada por las etnias trasplantadas a tierras de nuestra América sino en aquellas expresiones, las más hermosas, que se asentaron en la memoria colectiva cubana.
Y entre los muchos méritos que ha ido acumulando Rogelio a través de su polifacética carrera intelectual, que cubre más de cuatro décadas y que se ha manifestado en casi todos los órdenes del arte, la investigación y el pensamiento, está el de su paciente consagración al estudio, junto a la observación más detallada, de los diversos fenómenos socioculturales de Cuba, del Caribe, y, como se sabe, de ese infinito caudal de tesoros trasplantados a tierras americanas desde el continente africano.


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