
El acercamiento a la estrofa llamada décima nos permite reconocer una gran cantidad de ritmos y sonoridades emparentados con su canto o recitación, en ningún caso como producto citadino, sino como parte de la cultura campesina representada por el mestizaje fisiológico y cultural, pues tampoco se encuentra dentro de las manifestaciones literarias ni musicales indígenas prácticamente en toda Iberoamérica. Apenas una docena de estados de la república cuenta entre sus tradiciones de la lírica poética y musical con la décima, en algunos en franca decadencia que bien puede declararse en vías de extinción. Dentro de la gran riqueza de la lírica musical de Michoacán, donde cada una de sus regiones cuenta con especiales modos y formas musicales que han nutrido a las metrópolis, la valona viene a ser una especie de accidente adecuado para un anecdotario o como ocurrencia de sobremesa. Sin estudiarse todavía en sus antiguas regiones de producción, desconociéndose la calidad y alcance de sus letras, negándosele todavía los estudios, como el realizado por Socorro Perea en el estado de San Luis Potosí, por poner un ejemplo, la valona michoacana permanece como una curiosa y anticuada forma de articular la poesía con la música y el festejo. La décima llegó a Michoacán con los agustinos quienes, habiendo llegado a México en 1533, aceptaron la invitación del virrey Antonio de Mendoza para catequizar en las tierras calientes michoacanas, las peores tierras de la Nueva España según el mismo virrey. Pusieron su asiento en la encomienda de Juan de Alvarado, en una población llamada Tiripetío, donde catequizaron e instalaron convento y colegio; pero fue en Tacámbaro donde se ubicaron para poder llegar a las dos tierras calientes, la del Balsas por Nocupétaro y Huetamo, y la de Tepalcatepec por la Huacana y Apatzingán. En toda esta provincia, que los agustinos llamaron de San Nicolás Tolentino, se enseñó música y poesía, resultando los naturales buenos para las artes y los oficios, que también promovió Vasco de Quiroga. La décima compartió popularidad con coplas y romances mediante el teatro evangelizador; se presentaron en todas las regiones los famosos coloquios, que para Navidad, Reyes, la Candelaria y Carnaval se representaban en valles, montañas, regiones lacustres, tierras calientes y costas, así como los autos para Semana Santa y Día de Muertos. Pero el obispado de Michoacán era muy extenso; llegaba a Guanajuato, parte de Querétaro, San Luis Potosí, Jalisco y Colima. En la amplia región del Bajío se cultivó —y en muchas se cultiva todavía— la décima. Décimas ha habido siempre, surgidas en España desde el siglo XV; esto es, estrofas compuestas por diez versos octosílabos con variantes rítmicas por su acentuación y rima. Fue muy popular la décima integrada por una cuarteta y una sextilla o bien la unión de dos quintillas; se usó mucho también la fusión de dos cuartetas precedidas por dos versos que las condicionaban. Los poetas del Siglo de Oro español buscaban afanosamente una estrofa que no fuese ni muy larga —como podía ocurrir con el romance—, ni muy difícil ni accidentada —como el soneto—, ni tan pequeña como la cuarteta, para que sirviese como enlace y síntesis, como propuesta o tesis. La décima se perfilaba como solución y se usaron las diferentes combinaciones de octavillas, dísticos, sextetas, cuartetas, tercetos, quintillas y los versos que faltasenn para completar los diez octosílabos.. No olvidemos que uno de los problemas más graves del teatro del Siglo de Oro era que los actores no memorizaban adecuadamente las largas tiradas de versos, con sus muy diferentes formatos que a veces se convertían en verdaderas torturas para la acción dramática. El poeta, músico y sacerdote rondeño Vicente Espinel publicó en Madrid su libro Diversas rimas, en 1591, serían celebradas por su alumno Lope de Vega las ocho estrofas que su autor llamó redondillas; un pariente de Lope las bautizó como “espinelas” que en América se ubicaron principalmente en Cuba. En otras partes de Iberoamérica, como en México, se utilizan diversas variantes de la décima, sobre todo en las regiones costeñas donde la pronunciación habitual elimina las eses, lo que permite rimar singulares con plurales, por ejemplo.Las décimas se incrustaron en cientos de formas musicales y dieron pie a la creación de ritmos y sonoridades que distinguen a regiones, provincias y países. Ocupó de inmediato un lugar preeminente en el fandango y en diversos festejos, convirtiéndose en ingrediente imprescindible de las tradiciones populares, junto con el baile, las máscaras, la vestimenta o la comida. Ya desde el medioevo, con la influencia mora en España, y particularmente en la época de los Reyes Católicos, cobró una fuerza singular la glosa. Los poetas reales se involucraban en ingeniosas peleas poéticas al improviso, que en los idiomas romances se dieron al lado del laúd, la cítara, la vihuela y la lira, generando acompañamientos adecuados para que los poetas se inspiraran; todos los improvisadores saben que la música constituye un alto porcentaje en la improvisación. La décima entró de inmediato y con el pie derecho a esta tradición. O, más bien, con el pie forzado, que constituye la base de la glosa, cuyo formato habitual es responder a una cuarteta con cuatro décimas, cada una de ellas llevando como pie uno de los versos de la cuarteta. Este tipo de glosa se presenta en la payada argentina y uruguaya, en la paya chilena, en el galerón venezolano, en la marinera negra peruana, en el trovo de la Alpujarra española, en las trovas panameñas, en las lobas o loas de las Canarias, en la guantanamera y el punto cubano, en las violeiras brasileñas, las troveras colombianas y hasta con los bertsolaris vascos y los xhosas africanos. Y en la valona michoacana. La valona ha sido preservada en otras regiones del antiguo obispado michoacano; aún se pueden escuchar en cantinas de León, Irapuato y Guanajuato; en la Sierra Gorda, con Guillermo Velázquez y los Leones de la Sierra de Xichú; con los grupos arribeños de la Huasteca potosina y hasta en algunas regiones de Querétaro. En Michoacán tuvo un gran auge a fines del siglo XIX y principios del XX. Ocupó la atención del investigador Vicente T Mendoza en su libro Glosas y décimas de México, así como en La valona en México, donde aporta su idea de que el nombre bien puede proceder de la presencia de soldados walones en México, particularmente en Michoacán y el Bajío. También se ocuparon de ella Thomas Stanford, Arturo Warman, Álvaro Ochoa y muchos otros, entre ellos René Villanueva, de cuyas investigaciones por Michoacán en los años sesenta se difundieron dos valonas de tipo picaresco con Los Folkloristas: La renca y La mona, ambas deterioradas en su métrica y en sus rimas, perdido ya el pie forzado y conservando sólo el chiste. En el caso de La renca, el enamorado valonero declara que una renca en el desierto es un tesoro, y cuando sus amigos se burlan de él por tenerla de novia, les dice que al cabo no la quiere para jugar carreras; como él la engaña, ella se encela y cuando los descubre: nos jalló tras de unas jaras, allí nos chingó a patadas y ni falta le hizo el pie. En el caso de La mona, una mujer con daga persigue a un fulano por un crimen que no se dice, pero se supone, porque lo quiere capar y le asegura: que al cabo vas a engordar, no tengas pena por eso. En 1977 publicó Alberto Navarrete un texto mimeografiado titulado La valona, un cancionero con antecedentes, explicación, partituras y 19 valonas de diferentes épocas y regiones; las recopiló principalmente con el conjunto Los Madrugadores, de Apatzingán, que durante varios años se aposentó en Lázaro Cárdenas. Este cancionero llamó y sigue llamando la atención de los investigadores de la décima en Iberoamérica, que se preguntan cómo llegó esta estrofa a tan inhóspitas regiones y cómo se ha mantenido enquistada en las cantinas de ese rumbo calentano, acompañada por el ruidoso conjunto de arpa grande, siempre con la misma música que donde quiera anuncia que habrá poesía para los bailadores y gente que los acompaña. Cierto que, como en Veracruz, Tabasco, Yucatán, las Huastecas y el Bajío, en Apatzingán y en la olla del Tepalcatepec se pergeña la décima picaresca, pero, como dice Guillermo Velázquez, la décima y la valona sirven para todo, hasta pa’ enamorar. En la lírica michoacana, la valona parece un desacierto, una poesía caduca con música obsoleta que ni siquiera tiene trompetas. Es la visión del poeta citadino, el que a sí mismo se llama culto y que, de muchas maneras, desprecia la poesía campesina, esa que no es capaz de —por lo menos— utilizar lápiz y se construye en la memoria y la imaginación de labriegos, alfareros, arrieros y vagabundos; tal actitud ha acorralado a la valona, la cual, de todas maneras, se niega a desaparecer, pues quiere volver a reinar en el fandango, en el mariachi, en el festejo popular. 
No hay comentarios.:
Publicar un comentario