
Organización Editorial Mexicana
22 de julio de 2009
Isabel Serrano*/Diario de Xalapa, Veracruz.-
El próximo 29 de julio se cumplirán ciento diecinueve años del fallecimiento de Vincent van Gogh (1853-1890), gran pintor holandés cuya obra se cotiza hoy entre los primeros lugares de las casas de subasta en el mundo.
La vida de Vincent fue solitaria y llegó a sentirse triste y abandonado. A cada paso percibía el rechazo de la sociedad que actuaba indiferente; tal vez por el aspecto descuidado que mostraba y, entre otras cosas, por la incomprensión de su obra, de la que en vida logró vender sólo uno o dos cuadros. Era un hombre poco comunicativo, de andar silencioso, lo cual no le impidió hacer extraordinarias pinturas y dibujos de paisajes, bodegones, campesinos, retratos, autorretratos y temas de la vida cotidiana.
Desde joven Vincent demostró un temperamento fuerte y un carácter bastante difícil, lo que hizo que fracasara en muchas de las actividades que iniciaba; no obstante, realizó labores como misionero y compartió con trabajadores de minas subterráneas, de los que conoció penas y cansancios, que luego llevaría a varios de sus lienzos más conocidos. Hoy contemplamos su obra y apreciamos con claridad que en medio de su tormenta interior había una necesidad inminente de trasmitir fuertes emociones, y lo hizo, a través de obras de arte, que sin imaginarlo, pasarían con enorme éxito a la posteridad.
Sus pinturas con tonos brillantes y perfectos trazos son de las mejores que legara el postimpresionismo. Van Gogh era incansable y sabio para captar los atardeceres, las calles, los valles y trigales de la región donde vivía. El pintaba de una manera diferente a cuantos le habían antecedido; sus cuadros se distinguen por una pincelada suelta, cursiva, de gran emotividad, gruesas líneas negras que encierran colores cálidos y una luz intensa que baña con esplendor cada escena. Su interés y casi obsesión por los girasoles lo llevó a realizar varias obras en las que ellos ocupan el lugar protagónico. El girasol es diferente a todas las flores, con una orientación del centro hacia el sol y un tallo que crece mucho, lo que permite que veamos la flor como si estuviera girando sobre él. Vincent conocía perfectamente esas características, había dedicado horas a estudiar esa planta, la observaba detenidamente y la dibujaba una y otra vez, colocándola en posición correcta de acuerdo con el sol. A lo largo de su vida, realizó cuantiosas composiciones con girasoles amarillos, que aparecen unas veces sobre fondos neutros y otras, en medio de excepcionales tonos brillantes.
En cierta ocasión, Vincent decidió pintar catorce girasoles en un recipiente de barro redondeado, cuando concluyó la obra, la colgó en la pared y pasó toda una noche mirándola apasionadamente. En aquel momento no pudo imaginar que con el paso de los años aquella pintura se convertiría en una de las obras de arte más famosas de la historia; una obra admirada por todos los que la hemos visto, una obra que precisamente venía de las manos de aquel hombre incomprendido, que dedicaba sus días y noches a pintar sin descanso. Vincent tuvo el amor y la confianza de su hermano Théo, con quien mantuvo una relación estrecha, y por el que se sentía protegido. Fue ese hermano dedicado, el que siempre lo apoyó económica y emocionalmente, quien lo puso en contacto incluso con otros pintores de renombres en su tiempo. Aquel hombre triste, de mirada perdida hacia el infinito, legó a la humanidad una colección de obras extraordinarias que dan testimonio de su consagrado talento; según datos, su producción artística consta de cerca de 750 pinturas y unos mil 600 dibujos. También escribía cartas a su hermano en las que le narraba los pesares de su vida. Le escribió unas 700 cartas a Théo, que fueron publicadas por primera vez en el año 1911. Esas cartas son un documento valioso para conocer la vida de aquel artista prolífico, que pese a todo se entregó sin medidas al arte de los pinceles.
*Historiadora y crítica de arte.
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