Al atigrado currículum de Ernest Hemingway de pronto le apareció otra raya. En la trepidante biografía del Premio Nobel de Literatura permanecía inédita su identidad como el agente Argo, un espía de la KGB, la agencia soviética de espionaje durante la Guerra Fría.
El episodio secreto de la vida del escritor estadounidense fue revelado hace unos días por la Yale University Press en Spies: The Rise and Fall of de KGB in America (Espías: surgimiento y caída de la KGB en Estados Unidos), un libro firmado por los investigadores de EU John Earl Haynes y Harvey Klehr y por el ruso Alexander Vassiliev.
De acuerdo con la investigación basada sobre todo en documentos de los archivos de la KGB en Moscú consultados y transcritos por Vassiliev cuando Gorbachov impulsó el glasnost, Hemingway fue reclutado en 1941 luego de mostrar interés en sumarse a las filas de la KGB ante agentes soviéticos encubiertos.
Sin embargo, la central en Moscú fue cauta ante el entusiasmo de Hemingway. Al parecer no bastó que el novelista manifestara sus inquietudes en una primera oportunidad en La Habana; tuvo que esperar un segundo contacto en Londres para que los soviéticos finalmente lo consideraran un camarada de confianza, aunque nunca dejaron de contemplarlo con cierto desdén, según puede inferirse de las referencias al escritor como “espía diletante” en las transcripciones de los comunicados encriptados de la KGB citadas por diarios estadounidenses y británicos que han consignado la aparición del libro.
Y a los soviéticos no les faltaba razón. Según la investigación, Hemingway nunca pudo hacer nada para brillar como el agente Argo y de este modo hacerles tragar el escepticismo sobre su eficiencia a los burócratas de Moscú. Al menos en los documentos revisados no hay pruebas de que el escritor ofreciera información de primera a sus camaradas cuando mantuvo nexos con la KGB.
Por ello, aun cuando el nombre de Hemingway es uno de los que más sorprenden entre los aproximadamente 500 informantes de la KGB en Estados Unidos señalados por este libro, la actividad del novelista sin duda no estuvo entre las destacadas, pero el hallazgo les viene como anillo al dedo a los autores para ilustrar cómo el espionaje soviético no sólo penetró con éxito en la élite cultural de EU, sino que contó también entre sus filas con la participación de renombrados agentes en la piel de artistas, escritores e intelectuales.
Espías literarios
La confirmación de que Ernest Hemingway espió para la KGB no fue recibida por la prensa británica y estadounidense con el mismo ruido con el que reverberó no hace mucho tiempo la información de que Milan Kundera, Ryszard Kapuscinski y George Orwell cooperaron de una u otra forma con los servicios de inteligencia checoslovacos, polacos y británicos respectivamente.
Quizá por la creciente lista de nombres célebres que desde el fin de la Guerra Fría aparecen implicados en informes de inteligencia desclasificados periódicamente alrededor del mundo, el factor-sorpresa se ha relajado sobre todo en el mundo anglosajón, en donde el tema del espionaje es visto incluso con cierta naturalidad y hasta con sentido del humor.
Por ejemplo, a propósito del reciente affaire Hemingway, el diario británico The Guardian puso a prueba la erudición de sus lectores sobre la relación entre el mundo de las letras y el espionaje en un entretenido cuestionario titulado “¿Qué tanto sabes de espías literarios?”
Y es que particularmente en el Reino Unido los vínculos entre la República de las letras y las agencias de espionaje son tan viejos como intensos. Después de todo no es casualidad que James Bond y el agente Smiley, dos de los espías ficticios más célebres del mundo, sean británicos. Ambos personajes son creaciones respectivas de Ian Fleming y John Le Carré, hombres que han servido a su Majestad produciendo exitosos libros de suspenso y espionaje y colaborando con las agencias de inteligencia británicas.
Fleming y Le Carré, junto con Graham Greene, apenas son tres ejemplos de una vieja tradición de la que también forman parte, entre otros, Roald Dahl, Somerset Maugham, John Buchan, Arthur Ransome y Daniel Defoe.
Hoy, la mayoría de esos autores ha caído en el olvido sobre todo fuera del ámbito anglosajón. En México ciertos títulos de sus libros u obras de diversa índole basadas en ellos quizá digan más que los nombres de los escritores. Es el caso de Roald Dahl (1916-1990), el autor de Charlie y la fábrica de chocolate y Matilda, que prestó sus servicios a la corona en la inteligencia militar tanto en Medio Oriente como en Estados Unidos. El de John Buchan (1875-1940), cuya novela Los 39 escalones fue adaptada para que Alfred Hitchcock filmara un conocido thriller de espionaje; al parecer en ese libro Buchan noveló parte de sus correrías como espía antes de la Primera Guerra Mundial. Y sobre todo es el caso de Daniel Defoe, hoy recordado como el autor de Robinson Crusoe más que por su activa y arriesgada participación como agente secreto y propagandista de la corona para favorecer la anexión de Escocia al Reino Unido en el siglo XVIII.
Menos identificables son Arthur Ransome (1884-1967), autor de libros infantiles (y doble agente ruso-británico durante la Primera Guerra Mundial), y el olvidado Somerset Maugham (1874-1965), quien fue uno de los escritores europeos más vendidos y un hábil agente secreto en India, Rusia y EU.
La operación en México
Los escritores-espías británicos han operado alrededor del mundo y México no podía ser la excepción. Para muestra, la oportuna visita que hizo Graham Greene (1904-1991) en 1938 para escribir Caminos sin ley, un testimonio acerca de la expropiación que el presidente Lázaro Cárdenas decretó sobre los bienes de las compañías petroleras británicas.
De hecho, por su estratégica vecindad con EU, México ha sido un tradicional campo de acción de espías no sólo británicos. Por si alguien tenía dudas, la revelación del Venona Project en 1995 confirmó cualquier sospecha. Entre los más de dos mil documentos desclasificados por la CIA no aparece el nombre de ningún escritor-espía mexicano, pero sí el de un conocido intelectual filocomunista: el del camarada “sh…”, mejor conocido como Vicente Lombardo Toledano, un agente mexicano (“científico”, en la jerga de la KGB) que mantuvo informado de los tejes y manejes de la política nacional a Moscú a través del siniestro embajador Constantin Umansky, alias El Redactor.
También los archivos desclasificados de la policía secreta mexicana ofrecen de vez en cuando carne para el asador.
Desde que pueden consultarse en el Archivo General de la Nación, de los informes de la Dirección Federal de Seguridad han saltado a las primeras planas de los diarios los nombres de dos escritores, uno de ensayos y biografías y otro de ficción: en 2008 Jorge Castañeda fue exhibido como presunto colaborador de la inteligencia cubana (un vínculo que él niega); y en 2006 Elena Garro fue acusada como informante de la DFS.
Sin embargo, poco después de que Garro fuera señalada post mortem como espía a partir de un sólo documento, al desclasificarse el resto de las fichas de la DFS quedó claro que la supuesta espía en realidad era una espiada.
La escritora no había ofrecido la información incriminatoria como un reporte formal a la DFS, sino como parte de una conversación informal con un agente encubierto que reportó sus comentarios. Pero estos detalles ya carecían del glamour sensacionalista para ser levantados por las agencias de noticias que antes habían dado por cierto que Elena Garro era una espía de la DFS.
Sin duda una pista falsa hallada en el Archivo General de la Nación, una mina donde las actividades de verdaderos escritores-espías mexicanos y extranjeros aún están por documentarse.
Hemingway fue obligado a abandonar Cuba en 1960:
EFE
El Universal
La Habana
Domingo 02 de agosto de 2009
El escritor estadounidense Ernest Hemingway no abandonó Cuba en 1960 por estar frustrado con el gobierno de Fidel Castro, sino que fue obligado por las autoridades de su país, afirma un artículo que publica hoy el diario oficial Juventud Rebelde.
La directora del Museo Hemingway de La Habana, Ada Rosa Alfonso, aseguró al periódico que el embajador de Estados Unidos en Cuba en aquella época, Philip Wilson Bonsal, obligó al Nobel de Literatura de 1954 a dejar la isla.
El autor de El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas salió precipitadamente de Cuba el 25 de julio de 1960, dejando muchas pertenencias en su Finca Vigía de las afueras de La Habana, incluidos varios manuscritos inconclusos, recuerda el diario de la Juventud Comunista.
Según la mayoría de sus biógrafos, lo hizo por sentirse incómodo con el rumbo del gobierno instaurado por Castro en enero de 1959, y un año después de abandonar la isla, el 2 de julio de 1961, se suicidó en su país.
En el artículo, Alonso asegura que "es un hecho que lo forzaron a irse".
Agrega que en enero de 1959 Hemingway hizo en su país unas declaraciones en favor de la revolución, en las que expresó esperanza por lo que sucedía en la isla y, según Alonso, "apoyó el ajusticiamiento a los esbirros de la tiranía de (Fulgencio) Batista".
Cuando regreso a Cuba en marzo del 59, Hemingway "dijo que era cubano y que los cubanos iban a ganar" , y más tarde declaró que la revolución era "indestructible y fabulosa" , sostiene la directora del museo, y comenta que puede imaginarse "cómo debieron caerle esas palabras al gobierno de Estados Unidos".
Añade que el 15 de mayo de ese año Castro y el escritor "hablaron mucho" y fueron fotografiados juntos, y "poco después llegaron a su casa y le dijeron que si permanecía en Cuba sería considerado un traidor".
Según Alonso, "Hemingway nunca tuvo problemas con el gobierno cubano".
Juventud Rebelde dice que el escritor "padecía estados depresivos" , por lo que "no sería de extrañar que las presiones para que abandonara la isla hayan incidido de algún modo en el agravamiento de su estado mental".
"Los investigadores hablan también de un suicidio inducido. Entre los medicamentos que tomaba estaba la reserpina, indicado para la presión alta pero que también es un depresivo profundo. El médico conocía su estado y, sin embargo, se lo indicó" , agrega el diario oficial.
"Se dice que tenía paranoia, de que lo estaba persiguiendo el FBI. Pero no era mucha alucinación cuando ellos tienen un voluminoso expediente de él. Hemingway era un objetivo del FBI. Mi opinión es que sí fue perseguido. Es más, todavía hay una parte importante de su expediente que no ha sido desclasificada" , apunta Alonso.
"Se suicidó como él mismo lo planificó: con una escopeta apuntando al cielo de la boca y disparada con el dedo pulgar del pie", concluye la especialista.


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