El Heraldo de Chihuahua5 de octubre de 2009
Oscar Viramontes
Después de su primera misa realizada en la parroquia de San José de Parral el 2 de febrero de 1946, el padre Francisco Porras empezó una larga y fructífera trayectoria sacerdotal, donde poco a poco serían reconocidos esos ánimos de ser un gran constructor y transformador de almas y templos, permitiéndole que para 1947 el obispo don Antonio Guízar y Valencia lo nombrara párroco en la iglesia de San Buenaventura, cerca de Casas Grandes, donde no desfalleció en el deseo de ser innovador y buscar un acercamiento con sus fieles.
Llegó de una forma similar a los personajes de aquellas películas campiranas mexicanas, donde el extensionista, maestro o sacerdote llegaban de aventón, en burro o camión de carga, entre animales y pastura, y fue así que el joven Porras arribó al pueblo con un productor de maíz, entre el polvo y los granos que son alimento para los dioses; así llegaba el nuevo sacerdote a su primer destino, a su nueva misión.
Años después, cuando se asomaba 1951, y sin decir que no a las palabras de su gran maestro y guía don Antonio Guízar, que le decía: "Hijo, mira tengo que decirte algo, yo sé que apenas te estás asentando en tu primera parroquia, pero el señor te necesita en otro lado", Porras contestó: "¿Dónde su excelencia?, don Antonio contestó: "Tu nuevo destino será Temósachi, en la parroquia de San Francisco Javier, en donde tendrás mucho trabajo, ya que el territorio es grande y difícil de andar". El joven semillero nunca dijo que no, sólo obedeció, pues su mayor virtud era precisamente la obediencia. Desarrolló su misión con mucha energía, sin desfallecer o dudar; era todo un soldado de Dios, y desde esos remotos tiempos y lugares inhóspitos de la sierra madre emprendía su carrera evangelizadora enseñando a través de la predicación y la proyección de películas religiosas; fue todo un éxito su inigualable forma de trasmitir la palabra de Dios, y sobre todo con la Eucaristía.
Después de cinco años de estar en la sierra fue de nueva cuenta llamado por su querido maestro y guía don Antonio Guízar, quien le encomendaría otra misión urgente, posiblemente la que le permitiría madurar como hombre de Dios; el encargo: tomar las riendas de la parroquia de Nuestra Señora del Refugio, iglesia que se construyó precisamente a partir de una promesa que hizo el mismo jerarca, considerándolo como "templo votivo" cuando estaba en su apogeo la persecución religiosa y que por errores en su infraestructura el original se había venido abajo cuando era párroco el padre José de Jesús Lobato, el 23 de julio de 1955, durando un año en ruinas, hasta que Francisco fue llamado a levantarlo desde sus entrañas.
La verdad no fue tarea fácil para el joven sacerdote, porque "tenía que mover montañas", material y más material que salía de lo que había sido toda una tragedia, pero tenía que cumplir con lo encomendado, y fue hasta el mes de agosto de 1955, cuando había despejado una parte de esos escombros para reanudar sus actividades religiosas en la cripta, lugar que tiempo más adelante convertiría en una cancha de basquetbol, donde tuvimos la oportunidad de jugar muchos partidos con el padre, y además de muchas posadas que organizó para la gran familia del Refugio.
Oficialmente llegaría a tomar las riendas de su nuevo encargo en 1956, y gracias a su dedicación y carácter algunos se empezaron a dar cuenta de su fuerte personalidad, lo que le permitió tener las fuerzas y agallas de ser uno de los sacerdotes más reconocidos por su dedicación en la construcción de templos y en la innovación con la que los hacía. Con su siempre sotana negra el padre caminaba de un lugar a otro atendiendo actividades espirituales tales como bautizos, confesiones, unción de los enfermos y matrimonios; y además seguir colocando "piedra sobre piedra" para cumplir con el pedido de don Antonio Guízar de rescatar al Refugio. No descansaba ni un momento, y gracias a su juventud y a la voluntad de Dios, Porras lograría con los años edificarlo, y el 2 de febrero de 1971 don Adalberto Almeida y Merino, recientemente nombrado arzobispo de Chihuahua, y quien había sustituido al obispo don Luis Mena Arroyo, consagraría el templo parroquial.
Era todo un sueño cumplido, pues para haber llegado a ese momento el padre Porras sintió muchas "tentaciones" que en ocasiones lo debilitaron para no cumplir con esa misión. El cansancio, la salud, los momentos de titubeo y duda, las derrotas y caídas, todo eso amenazó el desarrollo de los trabajos en la edificación de su amado Refugio de Pecadores, pero en sí, gracias al carácter que lo caracterizó, pudo cumplir satisfactoriamente sus metas, y además no dejar a un lado la promesa que le hizo a don Antonio Guízar y Valencia de levantarlo desde las entrañas y terminarlo como un símbolo de una promesa hecha por el prelado para que se acabara el conflicto de persecución que la iglesia Católica sufrió en los años veinte y treinta en México, y particularmente en el estado de Chihuahua, donde fue sacrificado el hoy santo, Pedro de Jesús Maldonado.
Pero no sólo era la construcción del templo del Refugio la tarea de Porras, sino otros más que se encontraban en la demarcación de la parroquia que cubría una enorme superficie. Entre ellos se contaron los templos de Nuestra Señora de Fátima, en la Concordia, concluido en 1967; María Auxiliadora; el antiguo templo de Cristo Rey, que se encontraba en el Barrio de Londres, y cuya primera piedra la colocó con sus manos benditas el 25 de octubre de 1959. Pero el padre no se conformaba con toda esta obra material, sino que empezó a ser comisionado para emprender otros proyectos; era descargar todas esas energías que el mismo Espíritu Santo le confería al querido Porras.
Con toda esa versatilidad empezó a construir el templo de San Miguel en el precario barrio de San Rafael, colocando nuevamente con sus manos santas la primera piedra el 25 de octubre de 1968. Y así siguieron otros, como el de Guadalupe, en Robinson; San Isidro, en Rancho de Enmedio y, finalmente, llegó a terminar el templo de San José de la Montaña, allá en el barrio de Los Tiradores, donde por cierto tuve la oportunidad de recibir la primera eucaristía a partir del catecismo que me trasmitió el mismo padre Porras.
Todo ese cúmulo de construcciones estaban siendo registradas en el currículum del activo semillero de Dios; nadie, en lo que he tenido memoria en la vida reciente de la Diócesis de Chihuahua, había hecho tanto por la expansión de la iglesia. Todo lo anterior también levantó algunos enojos y envidias entre sus hermanos sacerdotes, pues la capacidad de Porras superaba por mucho a otros que sólo se conformaron con estar dando su misa y cumplir con actos del "socialité".
"Siempre tuve la idea de servir y no parar en los proyectos que mis superiores me encomendaron... Nunca dije que ¡No! a los retos, pues la verdad siempre me tocaron varias circunstancias que me hicieron sentir muchas tentaciones de dejar todo; una de ellas fue el hecho de sentir la amenaza de no terminar mi seminario, otras el poder cumplir como sacerdote, pues la labor no fue gratuita, y gracias a Dios y a María Santísima pude tener fuerzas y carácter para levantar diversos templos con la ayuda de muchas personas que en diversas ocasiones se volcaron para trabajar en un proyecto común: la edificación de la fe en diversas colonias de la ciudad de Chihuahua".
Muchos de los recursos que el padre Porras consiguió fueron aportaciones de gente con medios económicos importantes, pero de donde más recibió él el apoyo para lograr sus objetivos fue de la gente del pueblo, de sus fieles que se organizaban para hacer kermeses los domingos o cualquier otro día. Se colocaban en la calle puestos de lotería, enchiladas, gorditas, papitas, dulces, menudo, rifas de regalos y muchos otros que generaban poco a poco recursos para ir colocando ladrillo tras ladrillo, piedra sobre piedra, y así llegar hasta las alturas, terminando las iglesias para el pueblo de Dios.
Decía el padre Porras: "Miren, lo que ven ahí está hecho de muchísimas enchiladas, gorditas y demasiado trabajo de cientos de personas que colaboraron a lo largo del tiempo conmigo; de las asociaciones de Caballeros de Colón, congregaciones marianas, grupo de jóvenes, la Acción Católica, Asociación Fátima, Boy Scouts, adoradores nocturnos y otros que al lado de su párroco pudimos cooperar con esta tan importante y noble causa para el reino de Dios".
Así concluía el padre Porras en una ocasión que tuve el placer de platicar con él en las oficinas parroquiales del Refugio en 1990.
Después de años de mucho trabajo la parroquia del Refugio empezaría a quedar terminada, y para darle más comodidad a la gente y que el templo fuera "digno" a los ojos de Dios, lo empezaría a equipar trayendo desde Puebla el piso que actualmente posee, un mármol hermoso con acabados especiales, así como las imágenes del Vía Crucis que están en la nave del mismo templo; el majestuoso, pero sencillo altar; la enorme imagen de Nuestra Señora del Refugio, las oficinas anexas al templo y el acondicionamiento del auditorio fray Pedro de Gante, el cual sirvió como centro de reunión espiritual donde se exhibían películas para todo mundo de diversos títulos, unos religiosos, y otras, películas que le prestaban del cine Variedades. Además, escuelas como la Fray Pedro de Gante, que fue de las que promovió el padre Porras, aún y cuando esta fue fundada por la profesora Estéfana Aguirre Paz en 1955. Muchos de los niños de este colegio eran llevados hasta el auditorio parroquial para que disfrutaran de películas de todo tipo, para niños, religiosas o, de vez en cuando, alguna de vaqueros.
Además de tanta gente que el padre Porras tuvo a su lado como colaboradores directos y como fieles comunes, hubo sacerdotes que convivieron con él a lo largo de su existencia, auxiliándolo en la conducción de la parroquia. Ellos fueron los vicarios cooperadores, entre los que se cuenta a los padres Luis Rocha; Miguel Quesada; José de Jesús Grijalva; Antonio Durán; Manuel Deoses; Luis Ramón Merino; fray Servando García; Jesús Elías Trevizo y el padre Sixto Gutiérrez, este último al cual recuerdo con mucho cariño y aprecio por haber sido un excelente hombre de Dios, quedando uno muy grande que nunca pudo concretar: la construcción de una basílica al sur de la ciudad.
Hay más cosas que se pueden decir de la infraestructura que él, con la ayuda de mucha gente y con la pasión y amor que le imprimió a todas ellas realizó a lo largo de su vida, sin dejar a un lado la inspiración divina, quedando su testimonio en cada muro, piso, techo, altar, vitral, puerta, imagen, escalón, baptisterio o salón de actos que con su ingenio y amor realizó e imprimió en cada uno de ellos.
En la próxima entrega, su amor por la educación y la utilización de diversos medios de comunicación para difundir la fe en Jesucristo. El padre Porras: una vida entregada al sacerdocio, forma parte de los archivos perdidos de las Crónicas Urbanas.
Fuentes:
El Heraldo de Chihuahua, 1946, 1947, 1956, 1959 y 1972.
Libro: El padre Porras. P. Dizán Vázquez, 2007.
Archivo del Arzobispado de Chihuahua.
Experiencias propias.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario