En el restaurante Tesca de la ciudad de México, en noviembre de 2005, Gabriel García Márquez contestó sin dudar a pregunta expresa de un servidor: "Yo soy periodista", dijo. Pero uno se para en cualquier aeropuerto, y Cien años de Soledad sigue siendo best sellers junto a los libros de Coello o el último tomo del fenómeno mercadotécnico llamado Harry Potter. Las piezas periodísticas del Gabo no tienen la difusión de sus novelas de ficción, pero el hombre se define a sí mismo como periodista. Desde que leí Crónica de una Muerte Anunciada prometí preguntarle, si un día la suerte o la vida me llevaban junto a él. "Yo soy periodista", dijo, cuando le pregunté qué título anteponía a su nombre: novelista, artista, escritor, periodista. Periodista, escogió sin dudar. De qué tamaño es mi profesión, pensé.Con la respuesta en la mano, me vinieron dudas que consideré naturales. ¿Cómo marcar la separación, por ejemplo, entre el escritor y el periodista que habitan en una misma persona? O, ¿cómo mantener en equilibrio la simbiosis que nos retroalimenta? Como decía, en gran medida fue por la herencia de la novela romántica que los periodistas de la prensa escrita contemporánea entramos a realidades cotidianas con una narrativa de mayor calidad. Nada más que, a diferencia de los novelistas, el trabajo de los periodistas debe estar documentado. Aquí encontramos entonces una condición fundamental que sanamente separa los oficios. Documentar la realidad tiene su particular grado de complejidad que opera a favor de la profesionalización de los periodistas, o a la separación sin dolor.
"Hacer ficción es fácil. Uno escribe y ya. Hacer periodismo es investigar, apegarse a los datos, y eso es un reto mayor", dijo el Gabo ese día afortunado, cuando gracias a un generoso amigo, Mauricio Montiel, tuve la oportunidad de acompañarlo durante la comida.
Otro cambio significativo de los últimos años es que los medios electrónicos han tomado el lugar de aquella primera prensa diaria cortesana, breve y concisa: muchas noticias, reportes cortos que requieren de velocidad de entrega, contra los textos más reposados, más profundos y razonados que hoy vemos cada vez más en la prensa escrita.
Quedó claro, desde la segunda mitad del Siglo XX, que los medios electrónicos (televisión, radio y después Internet) tendrían la mano en velocidad. La oportunidad de dar la noticia, hoy, la tienen ellos. Los papeleros, o sea nosotros, nos movimos hacia a enriquecer la oferta de contenidos de fondo, al análisis que va más allá de la simple nota del momento. Qué tan profunda será la herencia, que los periodistas de impresos que cultivan la narrativa y la investigación son hoy más cercanos que nunca a los escritores propiamente dichos, y esto no significa una confusión entre oficios. Por el contrario, hoy es difícil justificar la rivalidad que Tom Wolf imaginaba en 1962 cuando dijo, a propósito del nacimiento del Nuevo Periodismo: "Desde ahora, los escritores temerán a los periodistas". El mismo Wolf incursionaría después, brevemente y con gran éxito, en la novela, con lo que desmentiría la rivalidad y confirmaría esa separación sana, con enormes vasos comunicantes, entre escritores y periodistas.

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