El Universal
Sábado 23 de enero de 2010
Don Mario abre un cajón para buscar su herramienta. Uno solo de sus martillos tiene 90 años de antigüedad, y fue utilizado cuando menos por su padre José María, por Estanislao su abuelo, y por su bisabuelo, aunque fue su tatarabuelo el primer escultor de la familia en los inicios del siglo XIX.
Ya son cinco las generaciones de los Hernández; todos profesionales en la conservación y restauración de obras de arte, cada uno de ellos dedicados a la preservación de bienes culturales: y si no continúa la tradición familiar es sólo porque el dueño de este taller de restauración fundado en 1944, tuvo tres mujeres que decidieron ser, la primera nutrióloga, la segunda administradora de empresas y la tercera médica cirujano, todas con carreras financiadas por su padre.
... Y es que todos los días sin falta, de lunes a domingo y desde hace 53 años, Mario Hernández abre su local a las 9:00 de la mañana y lo cierra a las 8:30 de la noche, y parecería que los ángeles, las figuras religiosas y obras de arte que repara fueran su única compañía a la hora de trabajar.
Es un hombre de 53 años que prefiere la soledad, y es también un artista que considera que la parte más difícil de su trabajo es “lidiar” con los clientes que muchas veces traen figuras que no tienen ningún valor, y consideran lo contrario.
“Clientes que muchas veces se molestan cuando les comento que sus objetos son falsos. Mi trabajo se sustenta en la examinación, documentación, tratamiento y cuidado de la obra de arte; y me seduce que siempre me procure gente inesperada”, comenta.
Si no fuese por un reloj de pared que marca las horas, su taller parecería un espacio sin tiempo con olor a madera, en donde a decir de don Mario, permanecerá hasta que dentro de poco oscurezca y se dirija a su casa, a siete cuadras caminando, para que allá lo reciba su esposa, quien por cierto desde hace 30 años, le lleva casi invariablemente sus alimentos al taller.

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