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Ciudad de México.-
Uno de ellos participó a los 16 años en un secuestro; otro, ahora de 17, mató a un motociclista; un tercero, de edad similar, acribilló al esposo de la mujer con la que tenía relaciones sexuales. Forman parte de los nueve jóvenes convictos que purgan condenas. Se dicen “Los ingobernables”. Pronto saldrán en libertad condicional.
Están en la Comunidad Especializada para Adolescentes “Dr. Alfonso Quiroz Cuarón”, en cuyo patio representan la obra de teatro De la forma que tiene el mundo, en la que entremezclan pasajes con un libreto de ficción. Como lo hace Jonathan, de 19 años, quien interpreta al Rey, al Guardia y al Marinero.
Jonathan es cobrizo, cuerpo a-tlético y de carácter festivo. En 2007, a los 16, fue acusado de privación ilegal de la libertad. Le faltan doce meses para salir libre. Por lo pronto, comenta, ya tiene un “proyecto de vida”: estudiar la preparatoria y una carrera técnica, además de buscar novia y empleo.
Es entrevistado en su cuarto, casi en penumbras, decorado con imágenes de atractivas mujeres. Estudiaba la prepa y contabilidad. Le resta un año y tres meses para cumplir su sentencia, pero con su participación en la obra saldrá antes, aunque continuará “en tratamiento”.
—¿Y no te has contaminado más?
—Nel, porque aquí me ayuda el equipo técnico —dice, refiriéndose a psicólogos, trabajadoras sociales, terapeutas— y —señala al vigilante que yergue la oreja— el personal de seguridad.
—¿En qué te han ayudado?
—Me han dado herramientas.
La obra —“un esquema de reinserción social”, que “vincula esfuerzos de instituciones públicas y privadas”— forma parte de un proyecto piloto en la que participan nueve adolescentes “que cumplen su sentencia por delitos graves”. Pero uno de los participantes, ya en libertad, murió hace poco, luego de chocar en una motocicleta. Tenía 17 años. Interpretaba a Colón. Lo sustituyó un actor profesional.
—¿Te han servido los personajes?
—Al principio, sí, para olvidarme del encierro; después, para reflexionar en muchas cosas… —dice, mientras en el pasillo transita uno de los internos, que repite: “¡No seas chismoso!”.
Y él sonríe.
—¿Cuáles personajes interpreta?
—El rey de España, que le autoriza a Cristóbal Colón ir a la comunidad “Alfonso Quiroz Cuarón” a llevarse al preso que quiera comprobar que la Tierra es redonda, pero el guardia pone trabas y se burla de él. El marinero, por su parte, se va a toda la aventura y sufre imprevistos.
La estruendosa música —un subgénero denominado psycho— no deja de taladrar en el estrecho recinto, mientras Jonathan se acicala para interpretar, al mismo tiempo que se despide e insiste: “Póngale ahí que busco novia de 18 a 40 años”.
No muy lejos de ahí, minutos antes de que inicie la obra, deambula Santiago, de 21 años, acusado de homicidio calificado. Fue detenido en septiembre de 2006. Lo sentenciaron a cinco años. Estudiaba la prepa.
—¿Por qué estás preso?
—Por líos de faldas. Me metí con la esposa… Él estaba alcoholizado y traía pistola. Me iba a matar y yo me puse más listo.
Tiene tres abultadas cicatrices en cada omóplato, similares a las barras que portan los capitanes en las hombreras. Lo marcaron con navajas de rasurar hace tres años y medio, en San Fernando —“era obligatorio”, dice—, por orden del “padrino, el mandamás”. Tiempos en que dichas comunidades pertenecían a la autoridad federal.
—¿Ha cambiado la situación?
—Mucho. Un abismo. Hay talleres, espacio, terapia y confianza. Me faltan 10 meses. Mantendré tratamiento en externación.
En el Quiroz Cuarón, comenta sonriente, habitan “los ingobernables”. Y el hecho de haber sido escogido para actuar en la obra, añade, “es un privilegio; y es que me invitaron porque me vieron cualidades y personalidad”.
—¿Y ya te sientes rehabilitado?
—Sí, y llevo muchas herramientas para la vida: aprendí a ser tolerante, a tener una buena comunicación, a decir lo que siento, y aprendí oficios, como carpintería, serigrafía y gastronomía. Pienso terminar mi prepa y estudiar informática.
En la obra interpreta papeles de cuatro personajes: el entrenador de futbol americano, Pinzón, el juez y el Fun, que representa los golpes.
—¿Y a estas alturas qué piensas de tu delito?
—Me arrepiento; y a veces me pongo a rezar y pido perdón por lo que hice, a pesar de que parezca mentira. Sí, ya pagué a la sociedad, aunque te etiqueta el hecho de permanecer encerrado.
La figura de Fernando contrasta con la de Irving, un joven que a los 15 años, en diciembre de 2008, pero capturado en 2009, mató a un automovilista que se cruzó en el camino cuando él y un amigo circulaban en una motocicleta. A los 14 ya había sido arrestado por robo a cuentahabiente. Está sentenciado a cuatro años y siete meses. “Si sigo portándome bien”, comenta, “me van a dejar libre”.
—¿Qué te llevó a delinquir?
—Más el relajo y las armas —responde.
Irving, morenazo, habla con desparpajo. Se jacta de saber algo del idioma japonés. Sus personajes en la obra son el Personero, el Chicha —trapea y lleva el agua—, el Marinero, el Jugador y el Escritor de la obra. Una de las funciones de este último personaje es hablar de los errores en las escenas.
—¿La obra te ha cambiado en algo?
—Ah, sí, a todos.
—¿Ya serás un buen hombre?
—Ya me voy a portar bien. Voy a seguir mis estudios. Pienso estudiar gastronomía —responde rápido y se va atrás del escenario, donde los actores escuchan las instrucciones del director.
Y comienza la obra.
Y allá se escucha:
—¡Yo te muevo en el nombre del pasado que se jodió!
—¡No mames, Colón, eres un pinche mentiroso!
—¡Culero!
—¿Quieren leerlo todo?
—¡Sí, tus tripas!
—Treinta y seis millones de pesos al que no se detenga nunca.
Son las 20:40 horas.
Y la luna relumbra.
Bien redonda.
Humberto Ríos Navarrete • Milenio

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