La Facultad de Artes dedica su altar de muertos al Profesor Alonso González Núñez
La Facultad de Artes participa en el tradicional concurso de altares de muertos que laUniversidad Autónoma de Chihuahua celebra cada año para festejar el Día de Muertos.Este año la Sociedad de Alumnos ha dedicado su altar a la memoria del Profesor Alonso González Núñez.
Un camino de serrín coloreado, que serpentea por los pasillos de la Facultad de Arte de la UACH nos conduce a la sala en la que se ha instalado el altar, dedicado al Profesor González Núñez. El recinto huele a copal e incienso, amor y respeto, el ambiente es de serena veneración, de recuerdo amable y sincero. Sus alumnos desfilan por la habitación para admirar el altar, fruto del trabajo de un sinfín de estudiantes que quisieron rendir homenaje a su profesor, su guía, su amigo.
La visita de los jueces del concurso y con ella la inauguración del altar, estuvo acompañada por la lectura de poemas de José Emilio Pacheco, que eran del gusto del Profesor, a cargo del Maestro Manuel Talavera, así como el texto de Bertrand Russell“Para qué he vivido”, con el que el Profesor Alonso González se sentía muy identificado.La Presidenta de la Sociedad de alumnos, Dalila Miramontes, explica la elaboración y simbolismo del altar. Se trata de un altar tradicional, de siete niveles, que inicia con los santos de los que era devoto el difunto, en la base del altar, donde llega el camino que guía al visitante hasta la ofrenda. Un perro negro cuida de que sea el finado y solo él quien entre.
El segundo nivel representa las almas del purgatorio y en este encontramos las pertenencias del Profesor González, música que le gustaba, libros de arte “que pasaron por las manos de todos sus estudiantes, porque era un hombre muy generoso, que prestaba sus libros a todos, siempre tenía su puerta abierta para ayudar a todos”, sus peculiares corbatas y su traje.
El tercer nivel, los Niños del Purgatorio, donde se encuentran las cruces de sal, cal y cenizas, con las que se purifican las almas.
Preside el sexto nivel la fotografía del Profesor Alonso González, iluminada por una veladora y con el tradicional arco de flores de cempasúchil.
Finalmente, el lienzo blanco que simboliza la gloria, el descanso eterno, el cielo, tejido en esta ocasión con flores blancas, en el que podemos apreciar una cruz de guayabas.
Las flores moradas simbolizan el luto, las anaranjadas la tierra, las tiras de papel amarillas y moradas la vida y la muerte, eternamente entrelazadas. El papel picado, elaborado a mano por los alumnos de la Facultad, la celebración colorida de la muerte en la cultura mexicana.
Tampoco falta el maíz, simbolizando la cosecha, las naranjas y las cañas.
Las estrellas que presiden ambos lados del altar cuentan una hermosa historia basada en elMito de Er, de Platón, que cuenta como el alma al morir viaja a las estrellas, para regresar de nuevo a la tierra. En las estrellas reside un alma buena, a la espera de regresar.
El altar es un lugar íntimo, casi sagrado, en el que los visitantes se comportan como en una catedral. La construcción del mismo, según explica Dalila, llevó más de una semana de trabajo “todo fue elaborado por alumnos, todos ofrecieron su ayuda, porque según decía un compañero, tanto que él nos dio, ahora le devolvemos un poquito”. Por ejemplo los alumnos de teatro pintaron las caras de las catrinas y catrines que formaban parte de laSociedad de Alumnos, como es el caso de Marco Antonio Grajeda Enríquez, otros hicieron flores, papel picado, serrín de colores…
Para los alumnos de la Facultad de Artes “el Profesor Alonso cambió la visión del arte de sus alumnos, nos llegó con sus clases, con su forma de pensar, siempre con una sonrisa”.
Las paredes del pasillo por el que se accede al altar están cubiertas de fotografías del Profesor Alonso y de cartulinas negras, donde sus alumnos escriben pensamientos, agradecimientos, ideas, emociones, sueños y deseos para alguien muy importante en sus vidas. Todos quisieron trabajar en el altar a su maestro, ninguno quiso tener que hacerlo.
He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.
Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.
El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.
Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad".
Bertrand Russell, Autobiografía, 1967.
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