
Sale a la calle y lo primero que ve son unos ojos que lo ven, y luego otros y otros y otros más. El nerviosismo entorpece sus movimientos y quiere correr porque ya hay más pares de ojos viéndolo y dice para su interior: “¡Oh, Dios mío! Líbrame de esta pesadilla”, pero eso no lo salva de que sigan persiguiéndolo las miradas y cuando siente que la ira le remueve lo valiente para enfrentarse a todos esos ojos, una voz le dice: “¡Señor, señor! Se le olvidaron los pantalones”.
Una de Box:
El púgil lanzó su primera andanada de golpes certeros, contundentes y veloces al costal de arena y creyó escuchar un quejido. Hizo una pausa. Sólo escuchó su propio jadeo. Siguió con su entrenamiento castigando duramente a su adversario imaginario. Mandó un golpe bajo y alcanzó a oír claramente un lamento. Lanzó un gancho, luego un izquierdazo y ya no dudó más. Solicitó que le quitaran los guantes y las vendas y luego pidió una navaja. La clavó en el costal y un alarido retumbó en todo el gimnasio. De aquella rajada no salía arena, sino vísceras machacadas y una espesa sangre morada.
Esta Tristeza Mía:
Abrí la ventana de mis reflexiones y alcancé a ver que afuera se deslizaba tímida y cansinamente mi tristeza. Reconocí su terciopelo azul - gris, plagado de motitas polvo. Me miró con esa mirada que era el reflejo de la mía y escuché el murmullo de su voz suave, a ritmo de blues. Levanté el cristal y estiré mis brazos para que se me subiera. Aquí está conmigo, me la he envuelto como si fuera una bufanda. Me rodeó también con su aroma: otoño tardecino. Y así, sentados, meciéndonos en el vaivén de los recuerdos nos fundimos sin importar cuándo ni cuánto nos toleraremos.
Desbocada:
Con la paciencia enquistada tras largos años de vida conyugal, el marido había detectado una caudal inagotable de verborrea en su media naranja, de ahí que, por amor, o por compasión, quién sabe, después de escuchar el monótono parloteo, simplemente le decía: “Sí mujer, pero ya guarda silencio, recuerda que se te pueden acabar las palabras”, sólo así se callaba la parlanchina. Cierto día, por darle gusto a su mujer, la dejó que hablara y hablara hasta rebasar los límites establecidos y cuando el marido pronunció la fase contenedora, fue demasiado tarde: la mujer se había desbocado y las palabras le jalaron la respiración dejándola sin aliento.
Curiosidad:
Era tan joven y tan inexperta que muchas cosas no sabía, como aquello de estar en un velorio, con gente desconocida y cuyo llanto no le despertaba ninguna emoción. No pudo refrenar el deseo de acercarse al ataúd, se dejó ganar por la curiosidad y se asomó y fue cuando se vio a sí misma. Tenía los ojos cerrados, el rostro muy pálido, los labios amoratados y de la boca entreabierta se alcanza a ver lo que parecía una bola de algodón. Sintió ganas de llorar, pero el llanto no acudía ni las lágrimas se asomaban. Tristemente atravesó a los dolientes y se fue de ahí lamentándose haber sido tan curiosa y haberse enterado que ya estaba muerta.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario