
Robert Lepage (nació el 12 de diciembre de 1957 en la ciudad de Quebec) es un dramaturgo, actor y director de cine de la ciudad de Quebec, Quebec, y es uno de Canadá 's más noble artistas de teatro. Es un prestigiado actor, director de escena y dramaturgo canadiense quien ha recibido setenta y siete premios en diversos países, tales como el otorgado en 2007 por el Festival de la Unión Teatral Europea en Tesalónica, Grecia, además de otros dos premios en su país durante el mismo año. Sus reconocimientos abarcan el mundo de la francofonía y fuera de éste. Un ejemplo es el Premio Stanislavsky, que le fue entregado en Moscú en 2005.Sus contribuciones al arte escénico se remontan a 1984, con el premio que se le otorga en dicho año por la obra Circulations como la mejor obra canadiense. En 1988 obtiene el Premio Gémeau como el mejor actor, en la Noche de la Improvisación en Montreal. En 1990, durante el Festival de la Ciudad de México, le es conferido el premio como mejor director por la obra La Trilogía de los Dragones.Su trabajo abarca también el cine, como actor, director y guionista. Actúa en seis films, siendo el primero Jesús de Montreal en 1988. Dirige cinco películas entre 1995 y 2000 y escribe guiones para otras cuatro.Su creatividad lo conduce a dirigir y, en ocasiones a crear, ópera, espectáculos de rock e incluso de circo, siendo creador y director del Cirque du Soleil en el año 2004.Como actividad central, ha dirigido, escrito o adaptado cincuenta y cinco obras de 1984 a la fecha.
Hay varias hipótesis en relación a los orígenes del teatro, pero una de ellas, la cual encuentro como la más estimulante del pensamiento, toma forma de fábula: Una noche, en el principio de los tiempos, un grupo de hombres estaban reunidos en una cantera para calentarse un poco alrededor del fuego y contar historias. De improviso, uno de ellos tuvo la idea de levantarse y utilizar su sombra para ilustrar su cuento. Utilizando la luz de las llamas, él hizo aparecer a sus personajes, de mayor tamaño que los de la vida real, en las paredes de la cueva. Sorprendidos, los demás reconocieron, uno por uno, al fuerte y al débil, al opresor así como a los oprimidos, al dios y al mortal. En nuestros días, la luz de los proyectores ha reemplazado a la fogata original y la maquinaria del escenario (tramoya), a las paredes de la cueva. Y con toda la debida deferencia hacia ciertos puristas, esta fábula nos recuerda que la tecnología se halla presente desde los comienzos mismos del teatro y que no debe de ser percibida como una amenaza sino como un elemento unificador. La sobre vivencia del arte teatral depende de su capacidad de reinventarse a sí mismo, aprovechando nuevas herramientas y nuevos lenguajes. Porque, ¿de qué manera podría el teatro continuar como testigo de los grandes acontecimientos de su época y promover el entendimiento entre los pueblos sin tener, él mismo, un espíritu de apertura? ¿Cómo podría enorgullecerse de ofrecer soluciones a los problemas de la intolerancia, la exclusión y el racismo si, en su propia práctica, se resistiera a cualquier fusión e integración? Para representar el mundo en toda su complejidad, el artista debe producir nuevas formas e ideas y confiar en la inteligencia del espectador, quien es capaz de distinguir la silueta de la humanidad con su juego perpetuo de luces y de sombras. Es verdad que, jugando demasiado con fuego, corremos un riesgo, aunque también una aventura: podríamos quemarnos, pero también podríamos sorprender e iluminar. 
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interesante
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